La vida lacustre: memoria, tradición y riqueza cultural de los habitantes de la cuenca del antiguo Lago de Texcoco

“España se llevaba mal con el agua, que era cosa del Diablo, herejía musulmana, y del agua vencida nació la ciudad de México, alzada sobre las ruinas de Tenochtitlán. Y continuando la obra de los guerreros, los ingenieros fueron bloqueando con piedras y tierras, a lo largo del tiempo, todo el sistema circulatorio de los lagos y ríos de la región”.
Eduardo Galeano.
Espejos: una historia casi universal, Siglo XXI, México, 2008.

 

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Códice Mendoza. Fragmento

Por Leticia Rosas

¿Por qué debemos darle tanta consideración a los lagos y ríos en estos tiempos en los que parecieran no tener cabida? Quizá porque estas palabras, lagos y ríos, son materia que vive y da vida, sobre todo entre los herederos de aquellos que escogieron la cuenca de los lagos como centro de su espacio vital.
La sola evocación de los lagos de la cuenca de México, nos traslada a un paisaje de espejos de agua de intensa e inmensa hermosura: chinampas, diques, albarradas, calzadas, embarcaderos, canales y puentes se entretejen para dibujar y recordar la historia de la ciudad actual, erigida a partir de dos magníficas urbes: Teotihuacán y Tenochtitlan, hogares del pueblo mexica y del imperio azteca.
Dicha historia nos permite hoy reconstruir el proceso gastronómico de los asentamientos lacustres y la comunicación de significados y contenidos de la memoria entorno a la vida en el Lago  de Texcoco, sí, ese que se pone en riesgo con la construcción del Nuevo Aeropuerto para la Ciudad de México.
Pero las amenzas contra el Gran Lago de Texcoco no son recientes:
nuestro lago lleva cientos de años luchando contra quienes insisten en desecarlo —cada vez más— con el fin de que la ciudad crezca o “progrese”.
Los primeros en  desecar los lagos fueron los españoles, durante la conquista. Ellos no podían concebir la majestuosidad de estas urbes, ni admirar cómo las “canoas de cinco metros de largo zigzagueaban ágilmente cargadas de pescado fresco y animales de caza procedentes de innumerables poblados costeros”. Tampoco podían admitir la exhibición de productos a hordas de amas de casa y sirvientes que se perdían en los laberintos de colores, formas, olores y sonidos promovidos por el lago que proporcionaba a sus habitantes todo, en cantidades exorbitantes.
Si por algo se caracterizaba la vida lacustre, era por la abundancia que el espejo de agua proveía a sus poblaciones; y digo proveía porque la verdad es que de esa abundancia queda solo el recuerdo de los que en algún momento disfrutaron de ese tiempo, ese espacio y esa vida.

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Ejido de Nexquipayac, Antiguo Lago de Texcoco. Fotografía: Sergio Grajales

Nexquipayac: memorias de una comunidad lacustre

Una de las comunidades que puede dar cuenta de ello es San Cristóbal Nexquipayac, pueblo de historia lacustre. Entre los oriundos de Nexquipayac podemos notar cierta nostalgia por el pasado lacustre que les tocó vivir, la mayoría, cuando eran niños. Algunos de ellos nos cuentan cómo era la vida “cuando había laguna”; en esta vida lacustre, los pregoneros de tales historias destacan por sobre todas las cosas el aprovechamiento de los recursos esenciales de subsistencia, es decir, el lago como una fuente rica para la obtención de alimentos.

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Cosecha de calabazas. Fotografía: Mariana Robles

La alimentación en la cuenca del Lago de Texcoco

Los principales productos que crecían —algunos aún cosechados en abundancia— en las diferentes partes del lago y que abastecían a Nexquipayac eran cilantro, rábano, nabo, pepino, sandía, acelga, coliflor, lechuga, jitomate, garbanzo, frijol, calabaza, trigo, cebada y, por supuesto el maíz, alimento básico por excelencia, que no fallaba ni falla en ningún hogar ubicado a las orillas del espejo de agua. Por sus enormes beneficios, el maíz era —y es aún— utilizado de distintas maneras por los habitantes de esta comunidad. Cada parte de este alimento celestial  tenía un uso, por ejemplo, sus granos servían para alimentar al ganado, para preparar un rico atole o hacer ricas tortillas que se degustarían en los días de faena, con sal y chiles verdes.

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Nixtamal. Fotografía: Mariana Robles

Las hojas del maíz servían para preparar riquísimos tamales y los cabellos de elote eran utilizados para múltiples remedios medicinales. El maíz también llegó a utilizarse como adorno o como símbolo de gratitud a la tierra que les daba de comer: “en las casas, llegabas y en todas las paredes estaban colgadas las mazorcas: la mazorca más grande, la más buena y la más bonita la colgaban, y en determinado momento la bajaban y se la comían”, nos cuentan algunos campesinos originarios de Nexquipayac.

Los afortunados habitantes de esta cuenca lacustre no solo se abastecían de estos alimentos provenientes de la tierra, sino que también podían hacer uso de recursos animales a partir de la caza, pesca y cultivo en torno al lago. Para cazar utilizaban el recurso de las “armadas”, que todavía se hacen hoy en día, aunque en menos escala que entonces. Las armadas, para quien no lo sepa, son una suerte de caza a gran escala; el uso de las escopetas y la pólvora en cañones se combinaban con el fin de cazar una gran cantidad patos y aves que servirían después para comerciar o para degustar en rico caldo.

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Imágenes de la vida lacustre. Ejido de Nexquipayac. Fotografía: Sergio Grajales

Peces e insectos: del lago a la olla

Sobre la actividad de la pesca, los lugareños recuerdan la navegación en canoa y el uso del chinchorro o red para conseguir carpas e infinidad de peces. También recuerdan la recolección de insectos que pululaban en las orillas del lago para satisfacer esa “garganta aventurera” porque antes de que la mano del “civilizado” hombre bloqueara el lago, los insectos complementaban la variada dieta de los pobladores de Nexquipayac. Dicha dieta de insectos incluía gusanos de maguey, llamados chiniciules (que proviene del náhuatl, chinioculli), que se degustaban en taco o en salsa; también huevos de hormiga, llamados escamoles, palabra que tiene su origen en la palabra náhuatl azcamolli. Los escamoles eran preparados en tortitas capeadas, “cuajados en el comal, cocidos en mixiote o tostaditos y acompañados de salsa picante y tortillas calientes”.

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Tortitas de ahuautle después de la faena. Fotografía: Sergio Grajales

Uno de los manjares de la gastronomía lacustre era —y sigue siendo— el ahuautli o ahuautle, que se prepara en tortas capeadas, tortillas o tamales. Por supuesto, también están los chapulines, que eran recogidos con un tanate de palma o con redes fijas en varas de carrizo, para después procesarlos, tostarlos y comerlos con tortillas, salsa o con algunos condimentos como el limón y la sal de tierra extraída del lago a partir de un fino procedimiento artesanal.

Como vemos, la desecación del lago ha sido y sigue siendo producto de la acción voraz y condenable de un grupo de hombres que tienen intereses, conocimientos y relaciones con la naturaleza distintas a los que poseían los lugareños de la comunidad lacustre desde tiempos inmemoriales. Para nuestros ancestros, la relación armoniosa y de respeto al entorno natural era la base de la vida y la cultura; ahora, es sustituida por una racionalidad diferente, menos respetuosa del medio natural y más intrusiva con la naturaleza.

Nosotros sabemos que nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestra alimentación y nuestras memorias están ligadas indisolublemente al lago, ya casi extinto, y por eso creemos que vale la pena cuidarlo y preservar lo que queda de él.

Y tú, ¿qué memorias tienes de lo que ha sido vivir aquí, en la cuenca de uno de los más importantes e imponentes lagos en la historia nuestra patria?

 

 

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